La primera parte del juego transcurre en Roma. Es alucinante la cantidad de artefactos y puertas mágicas que hay en la ciudad y que nadie había descubierto hasta que llega Lara. Pero lo más alucinante de todo es la lava.
Ya en unas cavernas a las que caes por ahí hay un pasillo de esos tan típicos en los que el suelo se cae, ¿y que hay debajo? ¡Lava! Bueno, ahí puede ser más o menos normal, porque son unas cavernas subterráneas y todo eso y nunca se sabe dónde va a haber lava cuando uno va por cavernas subterráneas.
Pero lo mejor viene luego. Lara llega al mismísimo coliseo. Esta es la vista desde la ventana de la sala donde tiene que colocar la gema.

Lara está en uno de los pisos altos del coliseo. Si habéis estado, yo diría que ella está más o menos en el piso de encima de la tienda.
Pues bien, justo después de insertar la gema en la puerta, el suelo de la sala se hunde ¿y que encontramos de nuevo? ¡LAVA!

A unos 20-30 metros por debajo, que coincidiría más o menos con el nivel de la calle, hay un pozo de lava, roca hirviendo, en el que Lara evita caer con un par de mortales hacia atrás. Pensad que esto está ocurriendo a principios de los años 90, es decir, está ocurriendo mientras varios centenares de turistas están por ahí de visita.
Y vale, una cosa es que haya leones y gladiadores por ahí atacando y estatuas que cobran vida, eso es bastante normal en arqueología, pero lo de la lava... ay, que de realismo quita eso. Pero es que hay que ver, amigos, lo que les gusta la lava a los diseñadores de juegos. Les chifla más que a George Lucas las secuelas.
Y bueno, sobre Lara, pues nada, luego ella sale tan campante a Roma otra vez, cual Indiana Jones en Venecia. Una vez más, lo normal en arqueología.